
Las siguientes palabras se encuentran escritas en la tumba de un obispo anglicano de la Abadía de Westminster:
“Cuando era joven y libre, y mi imaginación no tenía límites, soñaba con cambiar el mundo. Cuando me volví más viejo y sabio descubrí que el mundo no cambiaría, así que acorté mis anhelos un poco y decidí cambiar sólo mi país. Pero este también parecía inmutable. Cuando entré en el ocaso de mi vida, en un último y desesperado intento decidí sólo cambiar mi familia, a los que estaban más cerca de mí, pero igualmente ellos no cambiarían. Y ahora, mientras me encuentro en mi lecho de muerte, repentinamente me doy cuenta: Si hubiera podido cambiarme a mí mismo, entonces por el ejemplo habría cambiado mi familia. Por su inspiración y valor hubiera entonces podido cambiar mi país, y a lo mejor hubiera podido cambiar al mundo” (Canfield/Hansen, “Comienza Contigo Mismo,” Sopa de Pollo para el Alma, 72).
¿Quién soy yo...?" y la segunda: "¿Cuál es su nombre?".
Muchas veces, cuando recibamos o recibimos el llamado especial de Dios, estas dos preguntas confrontarán nuestras vidas, sin embargo pronto nos daremos cuenta que el tipo de respuestas a estas preguntas, estarán motivadas por nuestra calidad de relación con Dios.
Las posibles respuestas a la primera pregunta, desde la perspectiva humana, sólo nos mostrarán limitaciones, pero a su vez nos señalará la situación de nuestra vida cristiana. Pero si no respondemos a la segunda pregunta estaremos perdidos, ya que del concepto que tengamos de Dios, también tendremos de nosotros mismos. Del conocimiento de Dios y su relación con nosotros, dependerá la calidad de nuestro ministerio y de su aplicación en la vida cotidiana.Esto se llama Santidad.
La Biblia dice en Salmos 139:23-24: "Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón: Pruébame y reconoce mis pensamientos: Y ve si hay en mí camino de perversidad, Y guíame en el camino eterno".
Estarías dispuesto a dejarte escudriñar por Dios ahora?, sólo tu lo sabes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario